Palabras de agradecimiento de Fabiana por el apoyo recibido estando presa y, ahora, en libertad

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Después de unos días de regreso en casa y reencontrándome con mis amores, mis cosas, mis lugares, quería expresarles a todos los que se contactaron por este medio “MUCHAS GRACIAS POR SU APOYO Y SUS PALABRAS”
La lucha por la justicia continua, aunque ahora desde el lugar del cual nunca debieron arrancarme.
Seguiremos manteniendonos comunicados e informados.
Con todo mi corazón. Gracias. Fabiana Fiszbin.

Falló la Corte Suprema – Fabiana Fiszbin en LIBERTAD

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Desde la noche de ayer Fabiana Fiszbin volvió con los suyos después de casi 2 años de PRISION mientras tramitaba, desde el 20/12/12 una apelación ante la Corte.
El martes 5 de Agosto de 2014 la Corte Suprema de Justicia de la Nación consideró que la concreta afectación a la garantía del doble conforme (art.18 de la Constitución Nacional y 8.2.h. de la Convención Interamericana sobre Derechos Humanos)que impidió la revisión de la condena dictada contra Fabiana Fiszbin mediante un recurso ordinario, accesible y eficaz, impone que se designe a otra sala de la Cámara Federal de Casación Penal para que actúe como tribunal revisor.
En coincidencia con el dictamen de la Procuración General de la Nación resolvió hacer lugar al recurso de queja, declarar procedente el recurso extraordinario interpuesto por la defensa, y remitir a la Cámara Federal de Casación Penal para que designe una NUEVA sala para que proceda a la revisión de la sentencia de la Sala III de Casación.

En nuestras palabra y opinión 2 jueces , RIGGI y CATUCCI, violaron la Constitución Nacional y la Convención Interamericana sobre Derechos Humanos, pasando por alto TODO lo actuado en el Juicio Oral de 9 meses de duración, siendo parciales, y, haciendo ABUSO DE AUTORIDAD, dieron inicio a la ejecución de la pena rechazando el recurso extraordinario que el martes concedió la Corte Suprema. Fabiana estuvo 20 meses PRESA y eso es IRREPARABLE para ella y su familia.

EXIGIMOS la INMEDIATA RENUNCIA de estos jueces que tanto daño le hacen a nuestro país y nos solidarizamos con todos los que lamentablemente pasan por su Sala, sin conocerlos sin saber que hicieron o les hicieron, sean actores o demandados, excepto con aquellos que son beneficiados por sus tristemente celebres fallos.
La causa no terminó. Estos dos jueces la dilataron por 3 años, incluyendo casi 2 de prisión.
Son una verguenza para la justicia y el poder judicial.
Gracias a todos por el apoyo de las distintas formas.
Familiares y Amigos de Fabiana Fiszbin

De garantes y garantías – por Gustavo Arballo – Página 12

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Sin ver el expediente, una lectura jurídica posible del caso Cromañón era la de suponer que la solución penal más plausible era la de incendio (estrago) culposo como figura dominante.

Esa lectura jurídica hubiera revelado, también, una miope visión de conjunto. En el devenir del proceso, poco a poco se fue haciendo evidente que cualquier solución que no supusiera deliberación y propósito en la comisión de la masacre iba a ser, en la práctica, “intolerable” por su chocante oposición a las expectativas instaladas.

Como Cromañón no es, en ese sentido, una singularidad, formalizamos una suerte de teorema a modo de ejemplo: a partir de cierto número x de muertes (con x > 10, pongamos), la categoría “culposo” aparece de hecho inaplicable. En la narrativa de una tragedia hay una inaceptación básica que nos impide permitir que algo muy grave pudo surgir de la mera negligencia. Exagerando o sin exagerar, si el Titanic se hubiera hundido en jurisdicción argentina, los responsables hubieran sido condenados por 1517 homicidios dolosos.

En este contexto, la sentencia de Cromañón importa menos que la fábula del proceso de Cromañón. Aquella merece una discusión aparte en términos más o menos técnicos, pero tal vez importe más señalar que algunos de sus presupuestos son consonantes con las pulsiones punitivistas que emergen ante el hecho trágico, la masacre.

Nacida de la justa indignación, propalada y fomentada por el machaque mediático, esa pulsión punitivista se derrama, va encontrando resquicios y rebusques para infiltrarse por todas las categorías que cimentan el derecho penal.

Veamos qué ocurre entonces. Entonces, las clásicas disquisiciones entre acción y omisión son desplazadas por la teoría del “rol de garante”. Entonces, los escalafones de autoría y participación son leídos en clave conspirativa: todo involucrado es señalado como un culpable ya doloso obvio y natural, todo esbozo de distinción de responsabilidad será interpretado como una claudicación. Entonces, las categorías de culpa negligente y dolo típico son difuminadas y fulminadas por dolos eventuales. Entonces, las cadenas causales son estiradas elásticamente hasta llegar a detenerse prácticamente sólo frente a la dilemática decisión de si se va a imputar al huevo o a la gallina.

Estas líneas de razonamiento son naturalizadas y su persistencia es un hecho ya cristalizado, difícil de interpelar. Y eso es malo para la justicia en tanto poder del Estado y para la Justicia, a secas. En primer lugar, porque es innecesario: el derecho penal clásico no necesita de teorías conglobantes ni de suplementos especiales para identificar a los culpables y esclarecer los hechos, sean de la magnitud que fueren. En segundo lugar, porque es peligroso y puede hacer totalmente ilusorias las garantías penales que tanto ha costado asumir (y la metagarantía de que esas garantías valen, en fair play, para todos: todos los casos y todos los imputados). En tercer lugar, porque es ineficaz: multiplica los costos emocionales e institucionales del proceso y, sobre todo, multiplica los márgenes de error en todo el espectro posible de problemas, que van desde la arbitraria selección y transferencia de culpa a un elenco de chivos expiatorios hasta la no menos arbitraria exculpación de sujetos y prácticas ciertamente reprochables.

* Profesor de la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa.

http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-130358-2009-08-21.html

 

Orlando Barone – Carta abierta leída el 17 de Agosto de 2009 en Radio del Plata.

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Orlando Barone. Escritor y Periodista lunes 17 de agosto de 2009

El recital de “Callejeros”y la desgracia inolvidable

La noticia nos cuenta que el grupo de música “Callejeros” actuó en la ciudad de Olavarría a pocos

días del dictamen de la Justicia por el caso Cromañon. La noticia dice que miles de asistentes, en

su mayor parte jovenes, agotaron las entradas mucho antes del recital. Ya había habido en otras

ciudades, varias presentaciones del grupo posteriores al desastre. ¿ Pero por qué producir esta

actuación en vísperas del inminente fallo por aquella tragedia? ¿ Y por qué no? O por qué el

grupo no fue disuelto y su nombre enterrado o desvanecido. El tiempo transcurrido y la

damnificación pública que los involucrados han sufrido es ya una forma de condena previa.

Ninguno de los tocados, aunque sea de refilón, por las esquirlas de ese duelo colectivo sale

indemne aunque siga vivo. Pero el interrogante acusatorio persiste: ¿ Acaso la banda no debía

haberse abstenido de actuar por respeto a los familiares y deudos? ¿No fue un despropósito

ofrecer un recital exitoso? También se podría pensar que fue parte de la lógica de la juventud y de

la vida. Y que a los músicos los justifica el fervor de los asistentes que se afanaron por ir a verlos y

escucharlos. La de Cromañon fue una de esas tragedias de tanta congoja popular que

trascienden a su época. No se trata de un atentando o de una matanza de índole política o militar

sino de uno de esos infortunios excepcionales cuyos resplandores negros enlutan a la sociedad

por contagio geométrico y los tornan inolvidables por mucho tiempo.

El siniestro de Cromañon es el que más discusiones, debates y catarsis individuales ha producido

entre nosotros. Durante todo este tiempo se fueron amontonando desde culpas personales a

culpas del poder público; desde agresiones, escándalos y versiones técnicas y verosímiles, a

versiones emocionales inverosímiles y disparatadas. Hay pulsiones de culpamientos y de

exculpamientos enfrentadas.

Y no se sabe cómo cerrará el jurado este largo desconsuelo. Pero sí, se intuye, que será casi

imposible para la Justicia hacer que la justicia sea aceptada por todos. Porque para que eso

pasara la muerte no debería haber dañado sin chances de reparación el corazón de quienes

amaban a las víctimas. Y no deberían haber existido el local de Cromañón ni aquella noche del 30

de diciembre de 2004. Ni tampoco deberían haber existido el empresario que regenteaba el local,

ni la banda de rock que tocaba, ni los jóvenes apasionados, ni las bengalas, ni el material

inflamable y tóxico, ni las autoridades que descuidaron el control, ni la burocracia, ni cada una de

las causas previsibles, imprevisibles, invisibles, inimaginables y astrológicas que convergieron

para producir ese efecto mortal inolvidable. Cada uno de nosotros tiene su sentimiento personal o

su visión intelectual acerca de eso. Últimamente siento que todos allí son inocentes. Porque

contra el poder de las tinieblas no hay puertas de emergencias que valgan.

 

Lógicas de linchamiento – Alejandro Kaufman – Página12

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RESPUESTAS SOCIALES ANTE EL DESASTRE DE CROMAÑON

Lógicas de linchamiento

El autor de este ensayo, al examinar las respuestas ante el desastre de Cromañón, concluye que “diversos actores sociales apañan un estado de linchamiento permanente y un estrechamiento brutal de la conciencia colectiva propios de las sociedades totalitarias y fascistas” y caracteriza, desde distintas perspectivas, una “condición Cromañón, constitutiva de la urbe moderna”.

Por Alejandro Kaufman*

La situación que se produjo en nuestra esfera pública desde la noche misma del evento Cromañón dista inaceptable y desgraciadamente de la menor condición propicia para la reflexión. No nos encontramos tan sólo ante una deficiencia en las condiciones apropiadas para el duelo de los familiares. No se trata tan sólo de la carencia de espacios de intercambio sobre la investigación de la Justicia, ni de la ausencia de un debate público sobre el problema general de los riesgos y peligros de la vida urbana. Lejos de ello, a cinco meses del desastre, día a día hemos asistido a una sistemática manipulación, un tétrico espectáculo, una obscena exhibición, una completa inercia a los fines de la justa naturaleza del problema.

Cualquier reflexión requiere condiciones de tranquilidad y una atmósfera propicia, no necesariamente relacionada con la felicidad: también se reflexiona alrededor del dolor, la tragedia y la desgracia. Sin embargo, la actividad reflexiva sólo puede tener lugar en forma independiente y libre respecto de toda circunstancia vinculada directamente con el dolor. Esto se verifica con las circunstancias más horrorosas y desgraciadas de que se trate. Las lágrimas podrán nublar la visión y la voz podrá temblar, pero incluso el testimonio requiere, para verse en condiciones de ser otorgado, el mayor dominio posible sobre el dolor y sobre la ira.

Quien ha sido objeto de un daño sólo podrá comparecer como testigo si su relato es animado por la voluntad de verdad y justicia, y no por el ánimo de venganza. Para ello deberá encontrar un auditorio propicio, animado por idénticos propósitos. Aun cuando éstas son situaciones ideales, cualquier resultado concreto se evaluará por su distancia respecto de un móvil de verdad y justicia. Cuando se trata de cuestiones técnicas, la verdad y la justicia son sustituidas o acompañadas por la racionalidad instrumental, y se impone cierta frialdad, por ejemplo, para analizar la caja negra recogida de entre los restos de un avión caído. No será una multitud rugiente y nocturna, provista de antorchas y sogas anudadas, el interlocutor electivo para saber qué pasó en un accidente aéreo, ni para adoptar medidas conducentes a prevenir su repetición. Como se sabe, hacer lo posible por producir o propiciar una multitud semejante es algo que moviliza a ciertos sectores de la industria del espectáculo y de las prácticas político culturales de algunas derechas.

En el desastre Cromañón, la agenda pública está sistemáticamente saturada por contenidos que sirven a fines espurios y perversos. De hecho están ausentes casi todos los aspectos que requeriría una agenda sensata; la agenda que sería esperable en una sociedad dispuesta a superar la profunda crisis social, política, cultural y económica en la que la nuestra está sumida desde hace años.

Uno de los signos característicos de la agenda pública a la que asistimos es la práctica ausencia de todo debate, reflexión o problematización de lo acontecido. En lugar de ello, gran parte de los medios de comunicación hegemónicos, desde el momento mismo del desastre, se dedicaron de manera metódica a construir un actor excluyente: los padres de los jóvenes muertos en Cromañón. Resulta notable no sólo la ausencia de la amplísima diversidad de temas que ni siquiera se sospechan o sugieren, sino también el sesgo restrictivo y arbitrario, aunque no caprichoso, con que se encarnó al actor testimonial del desastre. De los potenciales –numerosísimos– entrevistados, testigos, protagonistas, técnicos, expertos, conocedores de acontecimientos similares en otras partes, se seleccionó solamente a un limitado grupo, principalmente compuesto por algunos de los progenitores de las víctimas. Se seleccionó a aquellos que estuvieran animados en sus intervenciones por el dolor más desgarrador, por el llanto incontenible en muchos casos, y en otros por una ira vindicatoria puesta en palabras y en actos.

No es que alguna vez no debieran estar presentes estos actores entre otros, sino que estos actores y solamente estos actores determinaron un discurso que se constituyó en el único discurso público sobre el desastre Cromañón. Un discurso que no admite, comprensiblemente en semejantes condiciones, ninguna réplica, ningún debate, ninguna disidencia, que sólo apunta al encarcelamiento incondicional e indeterminado de todos aquellos que la opinión publica señaló como culpables de las muertes de la discoteca.

Y no es que esta imputación se resolviera dentro de los términos de la responsabilidad, por mayor negligencia y descuido que pudieran incriminar a los señalados, sino que son sistemáticamente acusados de los peores crímenes, asesinatos y genocidios, de maneras tales que nunca crimen alguno de los horrorosos que hemos padecido como sociedad tuvo tratamiento semejante. Asistimos a una situación que no habíamos experimentado ni por asomo en las condiciones de la historia reciente, que por pudor y discreción ni siquiera juzgo atinado reseñar aquí.

No sólo son tratados de esta manera los imputados, sino también cualquiera que insinúe siquiera alguna concomitancia real o imaginaria. No sólo no se puede reflexionar u opinar en forma divergente o dubitativa, sino que también los jueces que fallan en tramos parciales de la causa se convierten en seres sujetos a linchamiento si sus fallos no complacen a los damnificados.

Entre las consecuencias significativas de la grave condición política y social que atraviesa el tratamiento del desastre Cromañón, no resulta menor la politización del dolor que intimidó a unos (sobre todo a los actores políticos profesionales e institucionales) y embargó los subyacentes intereses de otros (sobre todo los medios de comunicación hegemónicos). Cada vez que se presenta cualquier diferencia de opinión o sugerencia divergente, hay un periodista o un familiar de las víctimas que nos va a preguntar “de qué lado estamos”, si de los dolientes o de los “asesinos”. Como si pudiera tener alguna pertinencia declarar que se comprende o compadece uno del dolor por la pérdida de un hijo. Como si se pudiera esperar que cualquier ser humano en sus cabales fuera indiferente a semejante desgracia. Y en esto radica lo trágico de nuestra crisis moral y cultural: una sociedad en la que ha ocurrido lo que ocurrió en los últimos treinta años, ante el consentimiento y la pasividad –si no la justificación– de millones de personas, es a la postre una sociedad en que no se puede dar por sentada la más elemental solidaridad con una desgracia que le puede pasar a cualquiera. Un motivo semejante, y la sospecha generalizada de indiferencia y complicidad, se tornan ejes de las acciones públicas.

Así, diversos actores sociales, por acción o por omisión, contribuyeron durante el primer semestre de 2005 a apañar un estado de linchamiento permanente y un estrechamiento brutal de la conciencia colectiva, que sumerge las representaciones de la esfera pública en un estado de reducción y pobreza propios de las sociedades totalitarias y fascistas, en lo que concierne al episodio y a sus ramificaciones y consecuencias. Si estas ramificaciones totalitarias y fascistas no tienen un éxito más señalado es porque encarnan una política de derechas, orientada a poner en jaque a diversas líneas de la administración pública (a veces con alguna razón parcial en los fundamentos, enseguida desmentida por el curso de los acontecimientos mediatizados) y a los sectores democráticos y progresistas de la sociedad argentina que, como se sabe, están lejos de constituir una mayoría. No están organizadas desde el Estado, que no sabe muy bien cómo responder de otro modo que mediante un asentimiento paralizado y estupefacto (es el caso de los poderes Ejecutivo y Legislativo; para el Judicial, resistirse a las lógicas demagógicas del linchamiento es su condición de supervivencia).

Sociedad de riesgo

No hay aquí una estrategia conspirativa de un actor coherente y centralizado, sino una serie de concomitancias, convergencias, omisiones y negligencias. Se puede advertir que el tratamiento del desastre Cromañón asume una lógica en cierto modo similar a las condiciones en que se produjo el accidente (para usar por una vez el término que corresponde) y que, por la complejidad de la causalidad plural que lo produjo, vuelve de segundo orden –en términos de sensatez– la cuestión de la responsabilidad jurídica –sin por eso anularla, ni siquiera atenuarla–, pero sí la deja en un plano muy diferente de la agenda que sería de esperarse en una esfera pública democrática y en una sociedad en que imperara un grado mayor de sensatez colectiva.

Es menester enfocar aquí la cuestión de la supuesta excepcionalidad del desastre Cromañón. Para ello es necesario abordar el problema de la complejidad urbana en las culturas técnicas del capitalismo avanzado. Son sociedades de riesgo, biopolíticamente regimentadas, en las que los individuos tenemos un escaso acceso directo a las condiciones de producción de nuestra existencia urbana. En este sentido, si bien lo ocurrido en la discoteca es “la mayor catástrofe” ocurrida en Buenos Aires, lo es sólo –y nada menos– porque tuvo lugar, pero no porque estemos a salvo de la posibilidad de que desastres como ése o de magnitudes inconmensurablemente superiores puedan tener lugar.

Una conciencia apenas advertida de las reales condiciones en que vive un sujeto urbano a comienzos del siglo XXI sólo podría proferir las desgarradores y coléricas afirmaciones de los familiares de las víctimas de Cromañón en el más íntimo de los resguardos, en el contexto del más cuidadoso y contenido de los duelos, y aun, en un cauteloso y discreto movimiento de reclamo de justicia y derechos civiles. Todo ello, como siempre que se produce un desastre de esta naturaleza o incluso cualquier amenaza potencial de las innumerables que nos circundan en la civilización técnica.

La condición urbana en el capitalismo tardío presenta una especificidad que no podría reseñarse en el espacio de un artículo, ni por su complejidad, ni por su extensión, que requiere bibliografías enciclopédicas. Abarca cuestiones arquitectónicas, del derecho, las estadísticas, la bromatología, la higiene, la epidemiología, los seguros, el transporte, la bioética, las cuestiones ambientales. Las circunstancias técnicas que configuran las formas de vida contemporáneas atraviesan todos los campos del saber y las prácticas, y no pueden ser dominadas, ni siquiera abarcadas por un solo individuo. Todos los emprendimientos estatales y privados que dan cuenta de las condiciones de riesgo y seguridad de la vida contemporánea no son sólo falibles. Además son permanentemente cambiantes, y cuanto mayor la complejidad, en mayor medida se requieren experiencias que ponen a prueba vidas y bienes de maneras catastróficas.

En las sociedades avanzadas, buena parte de la vida política y cultural está relacionada con la gestión del riesgo, pero también con los movimientos civiles por los derechos ciudadanos que conciernen a estos aspectos, tan abarcadores, así como con contraculturas que expanden los límites establecidos por las restricciones lucrativas de los intereses empresariales. Los debates sindicales, las éticas y estéticas de la vida cotidiana, los seguros contra todo tipo de riesgo, las investigaciones científicas y la apertura de nuevas experiencias y sus respectivos efectos adversos, las problemáticas ambientales, todo ello configura una “condición Cromañón” constitutiva de la urbe moderna. El accidente singular y local o “general”, según la definición de Paul Virilio, pasa a formar parte de la “normalidad” postindustrial, sin aventura ni tragedia, sin sorpresa, de modo banal, pero con un fondo latente de pánico y temor que se oculta en la matriz urbana desde mediados del siglo XIX por lo menos.

En un país periférico como el nuestro, en grandes ciudades como Buenos Aires, se suma la precariedad, el retraso, la regresión de las crisis, las contradicciones entre normas articuladas por estándares internacionales y prácticas locales no concordantes, irregulares, asediadas por el desconocimiento, el trasplante de dispositivos y tecnologías desligados de los procesos históricos que les dieron forma en otras partes. Las problemáticas de la corrupción y la deslegitimación política son casi, en realidad, notas al pie de página de una red intrincada y controvertida. Al revés de cómo se disponen nuestras agendas culturales y mediáticas.

Lo que hay para decir desde una perspectiva comprometida con una ética del conocimiento apunta a un cuestionamiento radical, por lo tanto, de las agendas que nos dominan. Nuestras agendas responden a intereses que apuntan, de manera sistemática, a la estructuración de una subjetividad atada al desconocimiento y a la distracción expiatoria y judicializadora, que reduce problemáticas complejas a matrices represoras y regresivas.

Todo ello es concomitante con narrativas que resultan lucrativas para las grandes corporaciones multimediáticas que compiten entre sí con brutalidad por captar a las audiencias de las maneras más sensacionales e intimidatorias. El pánico colectivo, la ira vindicatoria, la protesta estereotipada e inocua alimentan un negocio de ganancia fácil e inmediata, garantizada en el corto plazo, pero que degrada a los públicos en sus condiciones de ciudadanía y recepción, por lo que adquieren una homogeneidad pavloviana. Piden lo que se les condiciona a pedir mediante la exhibición metódica de recursos viscerales, como la ira, el llanto, la angustia, la humillación.

De esta manera, en lugar de la constitución de una agenda constructiva, susceptible de aportar a procesos de consolidación de los vínculos intersubjetivos, entre nosotros aconteció otra cosa que, desde el punto de vista ético político, podría alcanzar similar gravedad a la del propio desastre de Cromañón. Las derechas mediáticas y políticas, lejos de propiciar el tono y la importancia que este acontecimiento, deberían haber adoptado en la esfera pública, lejos de resguardar y proteger el pudor del duelo de los familiares, lejos de todo ello, se dedicaron a exhibirlos, provocarlos, incentivar un festival de la ira, la venganza y el desgarro inconsolable. Una atmósfera de linchamiento, intimidación y supresión de todo pensamiento y, por fin, una suspensión y desaliento de una verdadera línea de acción en procura de la prevención de accidentes semejantes. Es demasiado extendida la implicación de un número muy grande de actores mediáticos y políticos que han protagonizado o consentido esta gran operación, cuyas consecuencias afectivas y políticas son nefastas para una sociedad con alguna vocación de convivencia democrática.

Lamentablemente, este debate seguirá ausente de la esfera pública, porque la ubicua presencia de algún familiar doliente, a quien no se ha procurado contención ni consuelo, ni se le ha otorgado la discreción y el silencio necesarios para el duelo, vuelve inviable el inicio de un debate que exige en forma indispensable otras condiciones e interlocutores.

Por dar sólo un ejemplo, el hecho de que los editores de la revista Ramona y sus allegados se vieran obligados a difundir una suerte de petitorio para reunir adhesiones que los defendieran de acusaciones por completo absurdas y carentes del menor fundamento es una de las consecuencias grotescas y patéticas de lo que venimos exponiendo.

En conclusión, una agenda política de resistencia sociocultural ha de establecer una tarea compatible con las verdaderas necesidades del colectivo social y, por lo tanto, con la apertura de debates abiertos y libres alrededor de dichas necesidades. Una tarea de difícil realización si a la vez no se ejercen prácticas críticas de desmontaje de las narrativas dominantes.

* Texto publicado en la revista Extramuros. Movimientos sociales y pensamiento crítico, publicada por la Universidad de Quilmes, Nº 1, bajo el título “Cromañón: crítica de la sinrazón doliente”.

http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-53065-2005-07-02.html

 

 

Respuesta a la Editorial de La Nación sobre la Tragedia de Kiss

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KISS Y CROMAGNON: EL ESPEJO EN EL TRATAMIENTO MEDIATICO

En la Editorial 1 del Diario La Nación de hoy, Jueves 31 de Enero de 2013, eludieron mencionar el espejo del tratamiento de los medios de comunicación opinando, estando tibios los cadáveres y el dolor de los familiares de los muertos en su punto mas alto, sobre las normas relacionadas con el control de boliches y el funcionamiento de las áreas de control. Uds, periodistas, no tienen ni quieren tener ningún conocimiento sobre estos temas. Ahora se extralimitan y sentencian sobre un municipio de Brasil. Esto es mala praxis periodística. Uds. crearon las condiciones de la TrageMEDIA de Cromañon para que Fabiana Fiszbin este injustamente PRESA. (www.fabianafiszbin.com) Uds. publicaron mentiras e infamias sin conocer los resultados RECORD de la Gestión Fiszbin. Indicadores 2004: 100% mas de Certificados de Incendio emitidos, aumento del presupuesto $393.000 a $5.000.000 para 2005, se paso de 12 a 123 inspectores, de 1 clausura promedio por semestre 2003 por inspector a 7 en 2004, un 700% mas. Esto nunca lo publicaron y la Justicia nunca lo ponderó.

http://www.lanacion.com.ar/1550495-kiss-y-cromagnon-un-espejo-en-donde-no-volver-a-mirarse

 

Palabras de Fabiana Fiszbin al cumplirse un mes de prisión.

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20/01/2013

Hoy se cumple un mes de este injusto encierro.

Quiero transmitirles a todos los que entran al blog y escriben palabras tan sentidas, que toda esa fuerza la recibo día a día cuando Luiggi me lee sus mensajes.

A todos les digo: “GRACIAS”, “MUCHAS GRACIAS”, por estar, por darme fuerza, por luchar junto a mi familia.

Algunos creerán que encerrándome podrán tapar toda la verdad, pero sepan que no será así.

Lucho y lucharé por obtener mi libertad, que es lo que me corresponde. No lograrán doblegarme. Todo lo contrario. Cada día estoy mas fuerte.

Si la Justicia, finalmente, hace JUSTICIA, sin presiones, sin política, sin los medios, sólo con el Código Penal, entonces yo seré ABSUELTA y podré abrazar a cada uno de Uds. que tanto me están acompañando.

Nuevamente GRACIAS y sigan escribiendo que me hace mucho bien.

FABIANA

Las buenas o malas gestiones se rechazan con el voto, no con la PRISION.

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Sobre el Fallo del Tribunal Oral en lo Criminal Nro 24 en la Causa Cromañon

No parece pertinente a la función judicial hacer una suerte de juicio o de análisis valorativo acerca del diseño y planificación de la gestión de una funcionaria. Este análisis se reserva para las autoridades superiores de la funcionaria y en general, para los ciudadanos, que con su voto aprueban o rechazan las buenas o malas gestiones.

De lo que se trata en este juicio es de determinar si existieron o no conductas –comisivas u omisivas- por parte de la funcionaria que significaron la realización del tipo penal de incumplimiento de los deberes de funcionario público, de atribución dolosa.

Llama la atención entonces que el Tribunal sostenga que la imputada “agravó” la situación ya existente por la “política de autorregulación” que desarrolló y que “apuntaba a un trabajo de prevención….aspecto que en modo alguno puede reemplazar o relajar el control efectivo…” (pág. 406 TOC). Estas y otras muchas menciones de este tipo parecen indicar una fuerte crítica por parte del Tribunal al modo en que Fiszbin llevaba adelante su gestión, opinión que puede ser válida o no, pero que en ningún caso se compadece con la actividad jurisdiccional. ¿Es que acaso, si no hubiera pretendido realizar trabajo de prevención intentando que el sector empresarial asumiera el respeto a las medidas de seguridad, no habría incumplido sus deberes? ¿Es ésa una conducta que se le reprocha? Hay aspectos de la sentencia que no se compadecen con la función propia de un juez, sino con opiniones sobre la gestión, pero que lamentablemente van configurando un cuadro que lleva a un reproche global a una gestión que valoran como mala, pero que de modo alguno esta valoración puede sustanciar un reproche de índole penal.

Lo advertido antes se verifica en diversos párrafos de los fundamentos. A fs. 414 el Tribunal afirma: ”El nuevo sistema de inspecciones determinó que los inspectores no tuvieran asignada una determinada zona de la ciudad y que en definitiva se alejaran de un conocimiento más directo y permanente de sus puntos conflictivos”. Renglones más adelante afirman que el hecho de asignar inspectores a determinadas zonas tiene diversas ventajas que a su juicio hacen posible un mejor control. Está claro que ahora (con el diario del lunes) los jueces consideran más eficaz a los fines del control la división por territorio, decisión ésta que todo el espectro político entonces cuestionaba por dar lugar a la corrupción. La pregunta es:: Si los inspectores hubieran tenido asignada una determinada zona ¿Fiszbin no incumplía? ¿Es esto lo que se le reprocha?

En el mismo sentido le reprochan a los funcionarios que no hubieran establecido la “básica tarea” de revisar los diarios para analizar los avisos publicados sobre espectáculos (olvida el tribunal también que debieron leerse también los avisos sobre ofertas de geriátricos, jardines de infantes, fábrica de ropa, venta de comida, etc.); les reprocha que no hubieran implementado una “organización inteligente” y finalmente se ocupa de citar los pensamientos de Max Weber citando un párrafo de su obra “Economía y Sociedad”. Repasamos este aspecto porque específicamente el Tribunal dice que para entender el reproche que se les formula a los funcionarios, resulta útil leer a Max Weber. Entre otras cosas se cita un párrafo de su obra donde afirma, hablando de la conformación de una burocracia eficiente: “…El resultado de ello es un funcionario público sujeto a los deberes objetivos de su cargo, ubicado en una jerarquía administrativa rigurosa, calificado profesionalmente, retribuido con sueldo fijo, con exclusividad en el desarrollo de su función, con una carrera y perspectivas de ascensos y avances y sometidos a una rigurosa disciplina y vigilancia…”.¿Será acaso que le reprocha a los funcionarios, en particular a nuestra defendida, no haber logrado tal objetivo? ¿Allí se consumó el incumplimiento? Una recorrida por el Palacio del Congreso y sus Anexos, por el Palacio de Tribunales y sus otras dependencias, por las municipalidades y oficinas públicas de todos los poderes nacionales, provinciales y municipales dan rápida cuenta de que la realidad dista de ser el ideal imaginado por el estudioso; que seguramente los esfuerzos deben enfilarse en tal sentido y que en la democracia es a través del voto el modo republicano por el cual los ciudadanos van eligiendo los caminos para transitar para ese fin. Pero que de ningún modo las falencias en materia de gestión o de resultados, ni siquiera falencias puntuales o malas gestiones determinan la consumación del delito de incumplimiento de los deberes de funcionario público.

Tal enormidad significaría caer en que los jueces diseñan lo que a su juicio son las políticas correctas o eficaces y las comparan con lo que hace un funcionario, y si no coinciden habría incumplimiento. Porque debemos recordar, una vez más, que el delito de incumplimiento no exige resultado sino que se consuma al incumplir un deber. ¿Cuál deber? Un deber legal, pero de modo alguno el deber que a juicio de los jueces es el modo correcto de llevar adelante una gestión.

Es bueno recordar también, una vez más, que este juicio a los funcionarios debió tramitar por causa separada en el fuero correccional, absolutamente independiente del trámite procesal destinado a investigar la tragedia ocurrida el 30 de diciembre de 2004 en el local bailable República de Cromañón que dejó el saldo de 193 muertos y cientos de heridos. Digámoslo una vez más, ese resultado no tiene vinculación con el delito de incumplimiento que se le endilga a nuestra defendida.

Un párrafo aparte merece la afirmación del Tribunal acerca de que las funcionarias deberían haber adoptado “medidas más ofensivas” (pág. 446) y que el hecho de no haber llevado a cabo “con aptitud funcional y medios materiales y humanos” la tarea que el tribunal estima debió haber llevado a cabo, significa que eludieron “grosera y por ello concientemente, el cumplimiento de obligaciones esenciales inherentes a sus cargos y ello les acarreará responsabilidad penal”. Es en este párrafo donde el Tribunal parece haber hallado la explicación para formular una atribución dolosa. No hay aquí ninguna norma incumplida; no hay aquí principio de legalidad, no hay aquí conducta precisa: hay una gestión que se ha apartado “groseramente” de lo que, a juicio del tribunal debía hacerse en materia de control en el área comunal. De hecho, llama la atención que no haya intervención de cientos de fiscales y jueces iniciando miles de juicios a funcionarios públicos, de los gobiernos, pero también judiciales, para investigar miles y miles de incumplimientos. Con sólo leer los dictámenes de la Auditoría General de la Nación (que están en la página web en Internet) se tomaría conciencia de la cantidad de gestiones que “groseramente” se alejan de lo que a juicio de los organismos de control, de Max Weber y de lo que en opinión del TOC 24, una burocracia debe hacer. Ya quedó claro que el delito de incumplimiento no exige resultado sino incumplimiento. Repetimos ¿es realmente la valoración de un tribunal sobre la calidad de una gestión, por mala que le parezca, lo que puede sustentar un reproche penal doloso para un delito de incumplimiento? ¿Hemos llegado a darle tan poca importancia al principio de legalidad y al de “determinación de la conducta”?

El cambio de figura que realiza la casación a “incendio culposo” es arbitrario e ilegal

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Por Rolando, Abogado.

Siempre estuve indignado con el proceso que le “armaron” a Fabiana. (…)mi indignación ahora es mucho mayor cuando se la detiene tan injusta y arbitrariamente, por más que la resolución que así lo ordena lleve la firme de tres jueces de la Nación.-
Estos jueces han olvidado todo lo que la Facultad de Derecho enseña, todos sabemos -me refiero a los que somos gente de derecho- que para que la comisión de un delito pueda ser adjudicado a una persona a título doloso o culposo (esta es la imputación que la Casación le hace a Fabiana) es necesario que el imputado haya tenido lo que la unánime doctrina penal define como “dominio del hecho” ilícito. Es decir si voy manejando un auto, y quiero atropellar a alguien para matarlo (dolo) manejo la situación para producir el resultado; en el caso de la “culpa” (que es lo que le aplican a Fabiana) el caso sería del conductor de un vehículo que maneja imprudentemente o distraído y atropella a otro que no quiso matar. Pero en ambos casos, tanto doloso como culposo, el autor del hecho tiene que tener un medio (en el ejemplo la conducción del auto) que provoque el hecho ilícito.
Claramente, Fabiana no podía “dominar los hechos” de la noche de Cromañon, no tenía posibilidad de producir con sus accionar el resultado que se dio´, ni tampoco de evitarlo.
No se como se las habrán ingeniado los jueces para afirmar que Fabiana si tenía el dominio de los hechos que se desencadenaron en Cromañon aquella noche fatídica, o sea la causidad del hecho que le imputan.
De allí que la sentencia sea arbitraria, estos jueces dejaron de lado todas las enseñanzas claras y uniformes sobre la teoría de la culpa que el derecho enseña con relación a los factores atributivos de responsabilidad.
Entiendo que estos jueces han tenido en cuenta al juzgar mas la construcción mediática de la realidad que se constituyó, y fallaron de acuerdo a eso, por eso el cambio de figura que realiza la casación a “incendio culposo” es arbitraria e ilegal, porque jamás puede sostenerse que Fabiana hubiese tenido el “dominio de los hechos” que desencadenaron la tragedia, por otro lado los hechos que la produjeron, están perfectamente identificados.(…)Entiendo que la Corte Suprema no podría convalidar un atropello semejante como el de la casación, la Corte está integrada por gente de trayectoria, que no va a ceder ante la presión mediática. Espero no equivocarme.